“ZARAGOZA IMPULSA FORMACIÓN”
Centro Europeo de referencia en Terapia Centrada en la Persona y Counselling

AUTORIZADO POR LA

ASOCIACIÓN ESPAÑOLA DE TERAPIA CENTRADA EN LA PERSONA Y COUNSELLING

Avalado por el Centro de Investigación en Ciencias del Comportamiento

Organizan:

CURSO SUPERIOR DE FORMACION EN

COUNSELLING

ESPECIALISTA EN

 TERAPIA CENTRADA EN LA PERSONA

Teoría y Metodología en Counselling, Especialista en Terapia Centrada en la Persona

Formación Profesional de Experto en la Relación de Ayuda, Consejero-Asesor Personal



Modalidad: Online, con sesiones mensuales por Skype
Matricula: Abierta todo el año
Duración: 950 horas
Precio: 2.500 euros (libros no incluidos)
Programa de formación:
- Bloque I: 650 horas (600 horas de formación teórica y 50 horas de trabajo de fin de curso)
- Bloque II: 300 horas (100 horas de terapia individual y 200 horas de prácticas y supervisión)
Formación acreditada para obtener el Certificado Profesional de Psicoterapeuta y Counsellor

Director del curso:
Prof. Dr. Ion Corcuera Llorente
Doctor en Ciencias de la Conducta
Director del Centro de Investigación en Ciencias del Comportamiento
PREMIO MUNDIAL DE EDUCACIÓN 2011
http://ioncorcuera.blogspot.com

Profesores invitados:
José Rodríguez Devesa
Presidente de la Asociación Española de Terapia Centrada en la Persona y Counselling
Psicoterapeuta de Orientación Rogeriana
Ana Teresa García González
Secretaria de la Asociación Española de Terapia Centrada en la Persona y Counselling
Psicóloga
Psicoterapeuta de Orientación Rogeriana

Información:
ZIF Formación - ZARAGOZA IMPULSA FORMACIÓN
C/ Julián Sanz Ibáñez, 39     50017 - ZARAGOZA
Teléfonos: 976 87 51 72 – 616 75 99 30

Carl Rogers

LA FELICIDAD

Permítase ser humano. Cuando aceptamos las emociones, como el miedo, la tristeza o la ansiedad, como naturales, somos más propensos a superarlas. Rechazar nuestras emociones, positivas o negativas, conduce a la frustración y la infelicidad.

La felicidad se encuentra en la intersección entre el placer y el significado. Ya sea en el trabajo o en el hogar, el objetivo es realizar actividades que sean personalmente significativas y agradables. Cuando esto no es posible, asegúrese de tener reforzadores de la felicidad, momentos a lo largo de la semana que le aporten tanto placer como significado.

Tenga en cuenta que la felicidad depende principalmente de nuestro estado de ánimo, no del estado de nuestra cuenta bancaria. Salvo en circunstancias extremas, nuestro nivel de bienestar está determinado por aquello en lo que elegimos enfocarnos, y por nuestra interpretación de los acontecimientos externos.  Por ejemplo, ¿Cómo vemos el vaso, medio lleno  o medio vacío? ¿Vemos al fracaso como algo catastrófico, o como una oportunidad de aprendizaje?.

Gestione mejor su tiempo. Estamos, en general, demasiado ocupados tratando de hacer cada vez más actividades en menos tiempo.  La cantidad influye en la calidad, y comprometemos nuestra felicidad cuando tratamos de hacer demasiado.

Recuerde la conexión mente-cuerpo. Lo que hacemos,  o no hacemos, con nuestro cuerpo, influye en nuestra mente. Hacer  ejercicio regularmente, dormir lo suficiente y comer de forma saludable, lleva tanto a la salud física como mental.

Exprese agradecimiento cuando sea posible. Muy a menudo damos por sentado nuestras vidas. Aprenda a apreciar y a disfrutar las cosas maravillosas de la vida, desde las personas hasta la comida, desde la naturaleza a una sonrisa.

LA REFLEXION
La vía de la razón, disciplinada en sus métodos de análisis, ordenada en sus procedimientos, no parece suficiente, con resultar indispensable. Hace falta también, encontrar los caminos de la creación y de la intuición, para que  podamos orientar nuestra reflexión  “sobre las cosas que más importan”. Y saber abrirnos paso entre las distracciones que nos presenta la vida cotidiana, para no perder el camino, una vez encontrado.
Los sabios de siempre nos recomendaron reiteradamente la práctica de la reflexión, o de la meditación, evitando dejarse llevar por el caótico movimiento de las emociones, que tanto distorsionan el tranquilo fluir de los pensamientos. Un periódico alejamiento de las preocupaciones, un contacto con la naturaleza iban siempre a acompañar la actividad de la mente, con sus beneficiosos efectos.
Estos consejos están en abierta oposición con las continuas invitaciones de nuestra sociedad actual a divagar en ensoñaciones superficiales, o dejarnos llevar por la seducción de las imágenes, que llegan a distorsionar nuestras percepciones internas sobre lo que es la realidad, o lo que de verdad importa.

CRÍTICAS Y BUENOS EJEMPLOS
Aunque son muchos los que han hablado de las críticas constructivas y las críticas destructivas, nos atrevemos a disentir en este aspecto, ya que la experiencia diaria nos demuestra que las críticas son siempre destructivas. Y esto no es culpa de la crítica como procedimiento racional, sino de las personas que actúan llevadas por sus impulsos emocionales y subjetivos antes que por la razón y el buen sentido.
Vivimos en un mundo disfrazado de certezas y seguridad, pero la contrapartida se da en lo profundo de cada ser humano, donde se manifiesta de manera más o menos explícita, la inseguridad, la duda y el miedo. El potencial de acción y creación está notablemente reducido; la capacidad de entender y superar los problemas se ve recortada por la ignorancia que existe en estos terrenos. Y así el hombre se protege, disfrazando también sus temores y su inhabilidad bajo la forma de críticas. En general, todo es objeto de crítica, y destructiva por cierto, pues cuanto peores son los demás, mejor se siente el que inconscientemente se defiende al ocultar sus propios defectos. El que critica es automáticamente el que sabe, el que supuestamente puede hacer las cosas mejor que los otros y el que tiene las soluciones a todos los problemas.
El que critica jamás se preocupa en buscar nada bueno en nada ni en nadie, no justifica ningún error ni perdona la menor falta; el que critica es, pues, quien se cree en posesión de toda la verdad y quien se considera libre de toda equivocación. Como mucho, guardará sus elogios más o menos extensos según las necesidades para la persona, grupo o estructura sociopolítica en la cual se siente amparado. El que critica, en todo caso, se cuida mucho de llevar a la práctica sus ideas, pues nada mejor que la puesta en acción para demostrar que también podría ser objeto de iguales o peores críticas que las que él ha formulado. La crítica genera críticas; de la mala voluntad sólo deviene mala voluntad.
Sin que lo expuesto signifique cerrar los ojos, oídos y boca dejando pasar todo lo que honradamente se considera erróneo, creemos que hay maneras y maneras de señalar errores, y maneras y maneras de volver el espíritu crítico hacia uno mismo en busca de un perfeccionamiento que al menos avalase esa crítica. Más allá de los engaños deliberados a los que nos vemos sometidos por el endiablado esquema actual de vida que llevamos, lo cierto es que siguen existiendo seres de buena voluntad en el mundo. Lo cierto es que no hay nada más hermoso que reconocer los logros de estos seres y estimularlos. Y lo cierto también es que, si no encontramos nada que valga la pena, no hay crítica más constructiva que ponerse a trabajar en aquello que creemos bueno y posible. El ejemplo sigue siendo la mejor de las enseñanzas, la mejor demostración y el más acabado argumento.
CALIDAD DE VIDA
Los seres humanos vivimos en tensión permanente entre los valores espirituales y las necesidades materiales, tal como han reflejado páginas inmortales de las grandes epopeyas universales. La gran lucha se libra en el corazón humano, tal es la enseñanza de tantos símbolos guerreros de las diferentes culturas.
Tener acceso a bienes materiales, comodidades, placeres produce una especie de encantamiento que puede llegar a adormecer la conciencia y asfixiar los anhelos del espíritu. Es lo que explica que la riqueza del mundo se acumule cada vez en menos manos, sin el menor atisbo de solidaridad, o sentido de la justicia para los que sufren los estragos de la miseria.
La crisis económica que azota a la mayoría de los países considerados del primer mundo está colocando a millones de personas ante la dolorosa experiencia de perder lo que se tenía, de no lograr alcanzar lo que se quiere. Y tales sacudidas están siendo una oportunidad para sopesar lo que de verdad tiene valor en la vida. No para todo el mundo, es cierto, pues como ya nos enseñó el Buda, el apego a las cosas es la causa de nuestro dolor y cuesta desprenderse de lo que se tenía por valioso.
Estamos aprendiendo que la calidad de vida no debería medirse, como se viene haciendo hasta ahora, en función de los objetos materiales que se tienen, sino que se encuentra precisamente en la práctica de los valores espirituales. Que hay más felicidad en el sentimiento del deber cumplido, compartir ideales y proyectos con los demás, apreciar y cuidar la naturaleza y otras muchas experiencias que, una vez vividas, descubrimos que dejan en nosotros una huella luminosa de plenitud.
La búsqueda de la sabiduría, el encuentro con los maestros de la Humanidad, la reflexión sobre lo que necesita nuestro mundo para renovarse y mejorar, no solo aportan calidad a nuestra vida, sino que le dan sentido.
VALORES MORALES
Los períodos de crisis son positivos para los seres humanos, porque estimulan cualidades que permanecen latentes en los ciclos de bonanza, como el ingenio, la imaginación y la creatividad, que son las que promueven los avances y las oportunidades de mejora personal y profesional.
Una de esas consecuencias positivas es la necesidad de reflexionar sobre los valores morales, que se reconocen en el fondo de toda crisis. Lo más preocupante de las situaciones que vivimos y que consideramos críticas, no es únicamente sus efectos calamitosos sobre la actividad económica con sus consecuencias devastadoras. Eso, no es lo peor que nos está pasando, lo peor es el desconcierto con respecto a lo que debe ser, aquello por lo que vale la pena vivir, lo que tiene valor para los seres humanos, lo que a pesar de las dificultades nadie nos podrá quitar. Cunde el desánimo que produce conocer las conductas de personajes que deberían ser ejemplares, por desempeñar cargos de responsabilidad, comprobar que muchos, tal vez demasiados, en lugar de buscar el bien común, persiguen el propio beneficio, cuando no el enriquecimiento fraudulento… con tales modelos, la vida social corre el peligro de reproducir el siniestro lema de “el hombre es un lobo para el hombre”.
Y aparece la propuesta de recuperar los valores como una de las posibles salidas a una crisis que es sobre todo moral, en el sentido clásico de la aplicación práctica de unos principios éticos, una visión del mundo que se sustente en ideales compartidos y reconocidos como válidos por todos.
La humanidad ha recibido una herencia espiritual en sabiduría, en conocimiento, que sigue viva y vigente como una de nuestras mayores riquezas, no lo olvidemos.
CARPE DIEM, VIVE EL PRESENTE
Cada ciclo que termina nos obliga a mirar el tiempo que tenemos por delante como si fuera el comienzo de una nueva historia que nos disponemos a vivir. No cabe duda de que el comienzo de un nuevo año es una de esas ocasiones cíclicas, que nos proporcionan la oportunidad de mirar hacia dentro y recuperar nuestros caminos interiores, los laberintos que fuimos trazando en la búsqueda incesante de nuestros propósitos.
En esta ocasión, el contexto social en el que nos desenvolvemos nos está invitando de manera insistente a considerar que vivimos el final de una época, con la incertidumbre de no saber hacia dónde se orienta el nuevo ciclo de la Historia. No debería angustiarnos ni sorprendemos, pues aun sin esa sensación apocalíptica, vivimos sometidos a los cambios, de manera constante, aunque engañados por la ilusión de lo permanente. Pero es sabido que necesitamos seguridad y estabilidad como base de sustentación.
En medio de estas incertidumbres y desasosiegos ante los que nos anuncian un futuro cargado de amenazas, puede ser saludable seguir el consejo de muchos sabios de vivir el presente, como indica el antiguo lema, Carpe diem, acuñado por el poeta romano Horacio.
Muchos han sido los significados asignados a estas dos palabras, según el espíritu de las distintas épocas y las mentalidades. Es una invitación a la conciencia de lo que tenemos entre manos, en el aquí y en el ahora, sin ceder a la tentación de añorar tiempos pasados ni de temer o desear un futuro hacia el que huimos, con nuestras aspiraciones vanas.
Vivir el presente nos ayudará a valorar lo que somos, lo que hemos logrado, los instrumentos que nos permiten colocarnos en sintonía con lo que la vida nos ofrece en cada momento, para reconocer las oportunidades que nos presenta y también las dificultades que debemos superar.
“Todo un programa para comenzar un nuevo año, un nuevo presente”
EL ESTADO DE BIENESTAR

Vivimos en un mundo en el que el bienestar se ha convertido en el primer artículo de consumo. Al menos, es lo que sucede en los países llamados desarrollados. La publicidad nos acosa desde todos los rincones ofreciéndonos mejores posibilidades de vida en todos los aspectos: físico, emotivo e intelectual, e invitando a la gente a buscar en esa comodidad la fuente de toda dicha.

No es extraño que para muchos esa búsqueda se convierta en el motivo de su existencia. El bienestar general es el que evita todos los problemas y aleja todos los dolores.

Sin embargo, la vida cotidiana y real nos muestra un panorama bien diferente. Buscar el bienestar es una carrera sin fin porque cuando se cree haber hallado algo, surgen nuevas y perentorias exigencias que obligan a más y más cosas. Así, el bienestar se aleja y se vuelve una meta inalcanzable, aunque deseable.

En el plano material, obtener beneficios y posesiones es como beber de un agua que da más sed en lugar de calmarla. Nadie se siente satisfecho Con lo que tiene porque todo el sistema propagandístico está montado de modo que haya que acrecentar los bienes para sentirse mejor. Las falsas necesidades se llevan toda la energía, mientras la gente sueña con el instante en que, por fin, tendrá todo lo que espera.

En el plano psicológico, el deseo de bienestar suele manifestarse como una huida de toda preocupación, de todo compromiso. Se pretende una tranquilidad que se demora en aparecer porque la vida está llena de esas aparentes zozobras, que no son otra cosa que pruebas para adiestrarnos precisamente en el arte de vivir. Cuanto más se quiere no sufrir, más se sufre. Cuanto más se trata de alejarse de las turbulencias emocionales, éstas acosan con más fuerza al incauto que las repele. Nadie quiere aprender a dominar las turbulencias, sino encontrar un camino que esté libre de ellas. Es como desear un río sin corriente, un mar sin olas, una cumbre montañosa sin vientos. Tampoco se trata de frenar las corrientes, las olas o los vientos, sino de aprender a vivir con ellos, a usar la inteligencia para compartir nuestra existencia con esos fenómenos naturales de los que, hábilmente, podemos protegernos pero no escapar, aprovecharlos sin huir.

En el plano mental, el bienestar es el no pensar. Las ideas molestan porque vienen cargadas de preguntas. Y cuando las preguntas se quedan sin respuestas, llega la angustia. Así, es mejor que otros piensen por uno y que uno se remita a dejarse llevar por esquemas prefabricados, por corrientes de opinión que suelen resultar bastante más peligrosas que las corrientes de los ríos, las olas y los vientos.

En síntesis, el concepto usual de bienestar se ha convertido en sinónimo de molicie, en una pereza que gana a la persona entera en todos sus aspectos y la vuelve inútil e incompetente para vivir sin las muletas cada vez más numerosas que reflejan una satisfacción cada vez más lejana.

¿Por qué el deseo de bienestar es una muestra de carencia? En principio, porque todo deseo indica lo que no tenemos; jamás deseamos lo que ya es nuestro. Es decir, que carecemos de bienestar. Como hemos visto antes, solemos buscarle por camino equivocados, pero lo cierto es que no lo tenemos.

¿Por qué es una señal de debilidad? Porque falta seguridad en uno mismo, porque hacen falta soportes externos a la personalidad para sentirse firmes, porque no suele haber valor para encontrarse con uno mismo y antes de descubrirse por dentro es mejor propiciar el vacío interior. Porque sin ese vacío y sin los soportes artificiales, no hay posibilidad de recorrer el complejo pero interesante sendero de la vida.

El que busque apasionadamente, desesperadamente, un bienestar que está fuera de uno mismo, entrará en un laberinto de difícil salida, tanto, que puede pasarse toda una existencia surcando vías erróneas que conducen a otras más equivocadas todavía. El que se halla en esta situación, siempre vivirá dependiendo de las personas y las circunstancias; será tan feliz como se lo permitan las personas con las que convive y tendrá tantas o tan pocas satisfacciones como lo dicten las circunstancias.

La base de todo bienestar parte del alma que, al decir del profesor Livraga, «no desea bienestar porque es naturalmente bienaventurada». Esto no significa que el cuerpo no necesite de determinadas cotas de salud, reposo, alimentación, o que la psiquis no requiera una serenidad como para acceder a sentimientos superiores, o que la mente deba superar sus dudas y vacío adquiriendo certezas. Pero nada de esto se consigue si no se parte desde adentro hacia afuera. «Adentro» es el alma -donde radica por ahora nuestra conciencia en el mejor de los casos- y el alma sabe lo que necesita, siempre que no esté asfixiada o relegada por las exigencias de la materia. Hay que buscar en el alma la medida de nuestro bienestar, porque el alma, en estado natural, es la fuente de todo bienestar. Y entiéndase por «natural» el estado primigenio, perdido y recuperado conscientemente por medio del esfuerzo evolutivo; la naturalidad de hoy es el fruto de la conquista humana en el retorno a sus fuentes espirituales.
Sabiendo dónde hallar el bienestar, hay que saber buscarlo y tener presente que toda búsqueda implica un trabajo. Que nadie pueda decir de nosotros que no hemos sabido o no hemos querido trabajar para llegar a nuestra alma. Saber, sabemos dónde reside. Trabajar para encontrarla es abrirse paso entre las falsas promesas de bienestar y comodidad paralizante hasta darle al alma el sitio que le corresponde. Hasta que sea ella quien se exprese a través de nosotros en lugar de las sensaciones e impulsos meramente animales.

Y por fin, recordar que una vida dedicada a causas nobles aunque no exentas de dificultades, nos puede proporcionar la verdadera felicidad, sin tensiones ni ansiedades; esa felicidad es el efecto de una causa justa.
INCERTIDUMBRE DE LA CONDUCTA HUMANA


En lenguaje coloquial se suele decir que el matrimonio o la convivencia en pareja es una lotería, expresando de este modo la incertidumbre que se produce ante el compromiso con otra persona para toda la vida, de compartir el futuro, todas o casi todas las decisiones más o menos importantes, sin estar seguros completamente de la actitud del otro ante cada una de ellas. Porque evidentemente, durante el inicio de la relación no se pueden comentar y prever todos los innumerables hechos que sucederán una vez constituido el anhelado enlace conyugal o el inicio de la convivencia en pareja: tener hijos o no tenerlos, lugar de residencia, profesionalidad de cada uno, amistades, asociaciones, ideas políticas o religiosas etc. etc.

Por otro lado, es un hecho demostrable que las personas, no sólo podemos sino que solemos cambiar a lo largo y ancho de nuestra vida, por muchas circunstancias cambiantes en las que ésta se desarrolla. Una persona consigue un determinado trabajo y se comporta de una manera exquisita, leal, responsable, justa, amable, etc. hasta que, pasado el tiempo, aparece con un nuevo modo de ser, autoritario, irritable, egoísta, rencoroso, etc. porque ha conseguido afianzarse en lo que pretendía y ya no precisa presentar un lado bueno que le exigía un esfuerzo que ahora considera innecesario. Lo mismo o parecido puede suceder en la pareja, cuando ambos presentan durante el noviazgo su mejor perfil, más o menos real o fingido y una vez casados o conviviendo en pareja, cuando se ha conseguido amarrar fuertemente al cónyuge, aparece la persona real, con más o menos defectos, manías, aficiones e ilusiones que antes habían permanecido ocultas por el fin sentimental que se perseguía de “conquistar” a la pareja, a la otra persona.

No siempre, pero sí muchas veces, las conductas de los seres humanos son imprevisibles porque podemos cambiar a mejor o a peor y frecuentemente sorprendemos a propios y a extraños con nuestras reacciones ilógicas o irracionales, pues naturalmente, el ser humano no sólo es lógica y cerebralidad, sino también voluntad y corazón, todo ello mezclado como en una especie de coctelera cuando no hay unas virtudes, valores y convicciones firmes que resistan el paso del tiempo que produce un sabor-resultado que nadie podía suponer o esperar.

De ahí la incertidumbre que hablo al principio porque no todo lo podemos prever en el desarrollo de las relaciones humanas, sean cuales sean, profesionales, políticas, sociales, de pareja, amistosas, etc. aunque en muchas ocasiones se firmen contratos que traten de fijar las diversas circunstancias de cada relación.

Lo ideal sería que todos nos esforzásemos por vivir unas virtudes, valores y convicciones, procurando mejorarlas y afianzarlas cada vez más con el paso del tiempo porque además eso está al alcance de todos, con esfuerzo claro está, pero no todos estamos dispuestos a pagar el precio que supone ese esfuerzo continuado; con el transcurrir del tiempo nos cansamos y entonces hay que repetirse una y otra vez: ¡Vale la pena, vale la pena, vale la pena…!
EL SENTIDO DE LA VIDA

¿Tiene sentido la vida humana? ¿Cuál es? Aparecemos en el mundo sin que nadie nos haya pedido permiso ni opinión alguna, que, por otra parte no podríamos dar, dada nuestra profunda debilidad e indigencia con las que venimos a él.

Pronto conocemos que nuestra vida es limitada, que ha tenido un principio y tendrá un final cuyo momento desconocemos. A todo esto, en la soledad de nuestra conciencia, nos preguntamos: ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Quiénes somos? ¿Por qué y para qué existimos? ¿Qué será de mí? ¿Tendré el mismo destino que los animales, que desaparecen de la existencia sin dejar apenas ningún rastro?

Los filósofos de todos los tiempos se han hecho estas mismas o parecidas preguntas que nos hacemos los seres humanos, sin llegar a conclusiones claras, definitivas y válidas para todos. La mayoría de ellos, ante la constatación de su incapacidad, optaron por limitarse a explicar el origen, las características y los fenómenos del mundo en que vivimos.

En todo caso, con la sola luz de la razón natural, lo único que podemos deducir es que, como decía el gran filósofo griego Aristóteles, el ser humano es “un animal racional”, que procede de sus padres por generación, como muchos de los animales que pueblan la tierra, conviven con nosotros y tienen un destino parecido al nuestro: nacer, desarrollarse, reproducirse y morir.

Sin embargo, hay una diferencia fundamental que nos distingue de todos los demás animales: es la razón, es decir, la inteligencia y comprensión superior de cuanto nos rodea, y que nos proporciona una diferencia esencial con todos ellos. Esa razón, ese conocimiento de sí mismo, de los otros y del propio entorno, se resiste a extinguirse, a volver a la no-existencia de la situación anterior a su llegada al mundo.

Aceptar esa sinrazón de la futura no-existencia, supone aceptar la casualidad como origen propio y del mundo, de la materia y su evolución constante como única realidad, y lo que es más sorprendente, aceptar que el inteligente orden físico del universo, y la perfección de las leyes que rigen el comportamiento de la materia son, además de casuales, es decir, regidas por el azar, algo sustancial, trascendental y permanente, que se prolongará hasta el infinito.

Pero esa actitud repugna profundamente a la inmensa mayoría de los seres humanos, que nos rebelamos a desaparecer en la nada, a no ser, como diría el Príncipe Hamlet de Dinamarca. En la vida corriente, al no llegar a ninguna conclusión válida con nuestra sola razón, los seres humanos nos solemos conformar aparentemente con lo que podríamos llamar sentidos menores, como fundar una familia, tener uno o más hijos o ninguno, escribir uno o más libros, hacer algún importante descubrimiento científico o tecnológico, crear una empresa, alcanzar un cargo relevante en la sociedad, etc. Digo aparentemente, porque a la hora de la verdad, del final de nuestra vida en la tierra, es decir, cuando nos llega la muerte inexorable, esos sentidos menores se revelan absolutamente insuficientes, porque nos encontramos solos ante nosotros mismos y nadie nos acompaña esencialmente en ese trance.

Tengo la convicción de que, el sentido profundo y definitivo de nuestra vida, reside en el grado de satisfacción que nos pueda producir esos llamados “sentidos menores” aunque nos puedan parecer “absolutamente insuficientes” al final de nuestras vidas.

"Tomar las riendas de vuestras valiosas vidas, de hacerlas únicas, de sonreír a la ilusión, a la creatividad y a la salud. No importa el tiempo que vayamos a vivir; lo verdaderamente importante es tomar la decisión de que queremos lo mejor para nosotros mismos y que lograrlo es una opción"